A punto de concluir el minuto 92, Ander Lambarri, infatigable desde su ingreso en el espacio verde, fuerza una falta lateral. Ahora o nunca, piensan en Miranda de Ebro.
Los de Pouso saben que no hay nada más allá. Nauzet, el arquero canario, se incorpora en busca del imposible. Agarra el cuero Pablo Infante y sirve un centro corto, al primer palo. Por allí aparece César Caneda libre de marca y se hace el silencio. Por unas décimas de segundo, la incertidumbre se apodera del planeta fútbol. El sublime testarazo del central vitoriano dibuja una curva inverosímil y se aloja en el fondo de las mallas. Probablemente, nadie lo merecía más que él.
Formado en la cantera del Athletic, llegó a debutar en Primera División y en Liga de Campeones. Posteriormente, el destino le ha castigado en reiteradas ocasiones con sonados descensos de categoría (tres en cuatro años). Hace tiempo que había vuelto a sentirse importante. Insuperable en Segunda B, con su gol 'in extremis' de ayer, el 'mariscal de campo' recibe la recompensa merecida a una carrera plagada de vaivenes.
Fue el epílogo soñado para una eliminatoria memorable. Los primeros 45 minutos en Anduva dejaron con ganas de más. Ambos técnicos sabían que era necesario jugar el envite hasta el final. Pouso, escarmentado, comprendió que ante un Primera no bastan 80 minutos esplendorosos. Si el físico falla, los huecos, que en Segunda B son indetectables, ante el Espanyol se convierten en autovías. Quizás por ello, mención aparte de alguna andanada de Alain Arroyo, el primer acto trascurrió sin apenas aproximaciones a las áreas.
La reanudación no pudo traer consecuencias más nefastas para los locales. Con Verdú y Thievy en el banquillo, Weiss se echó a los ‘periquitos’ a las espaldas. Eléctrico, el eslovaco protagonizó un ‘eslalon’ para el recuerdo. Rui Fonte embocó a placer. Restaban 43 minutos y el Mirandés precisaba dos goles. Pouso, que había apostado por un plantel físico (Garro, Martins, Mújika o Iríbas), se guardaba tres balas en la recámara, Borrell, Muneta y Lambarri. Los tres recambios propiciaron que el panorama diese un giro de 180 grados. Los ‘rojillos’, que hasta entonces llevaban una balada en su partitura, comenzaron a interpretar rock duro. A la cabeza, Pablo Infante. Una vez más, los focos iban a centrarse en el burgalés. Su arranque de furia desde banda izquierda terminó con un afortunado latigazo indetectable para Casilla.
Con el 1-1, Borrell se escoró en el flanco diestro y martirizó con su habilidad a Didac Vilà. Muneta es uno de esos jugadores cuya presencia en Segunda B es difícilmente entendible. Lastrado por un físico endeble, tiene tantos problemas en el cuerpo a cuerpo como talento con el esférico pegado a un envidiable pie izquierdo. Ander Lambarri se define con su sola presencia: un ‘9’ a la antigua usanza, de esos que abundan en Segunda B.
Su actuación este martes se recordará por mucho tiempo. Se hartó de descolgar balones, dominó a placer el espacio aéreo ante unos atónitos Raúl Rodríguez y Héctor Moreno. Solo le faltó el gol para culminar unos minutos de oro. Al paso por el 90, el fornido ariete recibió de Alain y golpeó, a la par, con su pierna zurda y con el alma. Casilla, firme como un témpano, no se venció y repelió el disparo a bocajarro.
Poco importó. La gloria estaba reservada para César Caneda. El Mirandés, al igual que el Figueres hace una década, se planta en semifinales y espera rival: Mallorca o Athletic Club de Bilbao. Ya no se puede pedir más…o sí. En cualquier caso, con hazañas como esta, el fútbol se reconcilia consigo mismo.