Miguel Delibes Setién, vallisoletano de nacimiento y sentimiento, hombre enamorado de la vieja Castilla, periodista de fuste y escritor irrepetible, la pasada edición de la Feria del Libro le rindió homenaje con De Valladolid, una antología de textos delibenianos dedicados a la ciudad del Pisuerga y sus gentes, coordinada por Ramón García Domínguez.
Su peripecia vital semeja la lucha por la excelencia profesional de un hombre nacido para escribir. Primeramente, en el rotativo más señero y representativo de Valladolid, 'El Norte de Castilla'. Acababa de arrancar la década de los cuarenta cuando un joven Delibes, ataviado con una carpeta repleta de láminas y caricaturas, se presentaba ante el despacho del director para ganarse unas perras mientras preparaba oposiciones. Era el pistoletazo de salida de una escalada periodística impensable en aquel momento.
Caricaturista, empleado de Banco, opositor a cátedras y aficionado a la literatura, Miguel Delibes había nacido en la Acera de Recoletos el 17 de octubre de 1920, fruto del matrimonio entre Adolfo Delibes y María Setién. Las primeras "víctimas" de las caricaturas de aquel adolescente, el tercero de ocho hermanos, fueron los 'baberos' del Colegio Nuestra Señora de Lourdes, donde pasó a estudiar tras cursar las primeras letras en Las Carmelitas del Campo Grande.
Con la guerra civil, aquel "niño juguetón y triste" devino en soñador de hazañas y se enroló en el crucero "Canarias"; tenía 15 años: "En el 36 y 37, con el bachiller concluido y la Universidad cerrada, estudié Comercio y aprendí a modelar en la Escuela de Artes y Oficios", dejó escrito.
Jugando a las cartas y charlando con sus amigos en una buhardilla que su madre les había prestado "surgió un día el entusiasmo marinero de un excelente amigo que murió en el Baleares. Los mayores de la pandilla se fueron enrolando en la Marina y nos escribían cartas en las que relataban con gran entusiasmo sus experiencias. Detrás, como era de cajón, nos fuimos prácticamente todos". ¿Atracción marinera? ¿Deseo de evitar el enfrentamiento "de hombre a hombre, el horror de la sangre"? Sea como fuere, Delibes se enroló en 1938 en el crucero Canarias como voluntario, donde participó en todas las operaciones de guerra. Por ello recibió la Medalla de Campaña y la Cruz Roja del Mérito Militar.
Cincuenta años después, su novela Madera de héroe, título precedido por el número asignado a Gervasio García Lastra por la marina ferrolana (377A), revisaría con dureza la legitimidad de aquella decisión asumida con la fe del carbonero.
Comenzó a labrarse el futuro profesional alternando los estudios en la Escuela de Comercio con clases de modelado y escultura en la de Artes y Oficios de su ciudad. Años de postguerra, la ciudad gris, interminables colas para el racionamiento: Delibes es un joven sin posibles que, gracias a "préstamo sobre el honor a estudiantes" de 10.000 pesetas, termina la carrera de Perito y profesor mercantil y, algo más tarde, la de Derecho; ya entonces, la prosa precisa del profesor Garrigues lo encandila de veras y lo lanza hacia la literatura. Pero nunca deja de dibujar, incluso expone sus caricaturas en el café Corisco. Hasta que considera llegado el tiempo de ganarse la vida.
Es en 1942 cuando, tras ganar unas oposiciones, ingresa en el Banco Castellano: 189 pesetas al mes durante seis meses. Al tiempo que se lanza a por la cátedra de Derecho Mercantil, se presenta en El Norte de Castilla para dibujar. Ni por asomo tenía en mente ser periodista.
Él mismo narró la peripecia de aquel 10 de octubre de 1941 cuando, aún con 20 años, se dirigió a la calle Montero Calvo y llamó a la puerta del despacho de Jacinto Altés con un portafolios bajo el brazo: no buscaba un puesto de redactor ni pensaba, por el momento, en escribir; sólo pretendía hacerse un hueco como dibujante. Llevaba un portafolios repleto de caricaturas de los vallisoletanos más distinguidos, "pero también de los más feos", apuntó. El joven Delibes, inquieto frente al gerente; éste, hojeando los dibujos sin prisa. Los minutos parecían horas, días. "¡Este es el doctor Mengano!", exclamó de pronto Altés; "en todo caso, habrá que contar con el director".
Delibes pasó al siguiente despacho: el sacerdote Martín Hernández, que entonces suplía en las funciones de director a Francisco de Cossío, lo recibió frío, distante; echó un vistazo a las caricaturas con ojos inexpresivos, comenzó a hablarle de las dificultades del rotativo, de la escasez de papel, de las trabas de la censura... Delibes, de pie, era todo menos optimista. Hasta que, de pronto, el cura señaló con un dedo las caricaturas y le indicó: "Eso está bien. Pase por aquí esta tarde, a las ocho, y le presentaré a la redacción": "así fue como ingresé en El Norte de Castilla hace medio siglo", escribió Delibes en 1991; "yo era plenamente consciente de que no sabía dibujar. Tenía afición y una habilidad innegable para reproducir con el lápiz los rostros de algunas personas, pero nada más. Había en mí madera de caricaturista pero aún estaba lejos de serlo... Tal vez hubiera llegado a ser un discreto caricaturista y hasta un buen dibujante, en manos de un maestro..."
Debutó con dos "monos" de fútbol que ilustraban el encuentro Delicias-Ciudad Real. Cobraba 100 pesetas al mes y, lo más importante, disfrutaba de entradas gratuitas para los espectáculos, a cuyos actores debía caricaturizar. Alfredo Mayo, Clark Gable, José Nieto, Walt Disney, Imperio Argentina, Cary Grant, Lola Flores... La flor y la nata del espectáculo español e internacional pasaron, en aquellos años 40, por la pluma de MAX: la "M" era por Miguel, la "A", por su novia Ángeles, y la "X" por el incierto futuro que les deparaba la vida.
Caricaturista y, hasta 1944, "redactor de segunda" especializado en las críticas de cine, la primera le escribió el 25 de abril de 1943 sobre la película "Deliciosamente juntos", firmada MDS. El periodismo comienza a ser una posibilidad en su vida, por eso se va a Madrid y culmina un curso intensivo con el que consigue el carnet de periodista. Paradojas de la vida, la purga franquista, que luego se ensañará con él, le abre las puertas de la redacción tras cobrarse dos víctimas incomprensibles: Eduardo López Pérez y José García Rodríguez, acusados por José Aparicio de masones. Turbado y sorprendido, del segundo llegó a decir el cura Gabriel Herrero, director falangista del rotativo, que "meaba agua bendita".
En 1944, Delibes es ya un periodista de plantilla de El Norte de Castilla: "Entonces hacíamos un periódico de dos a cuatro planas, puesto que la escasez de papel durante la guerra mundial llegó a reducir las páginas de El Norte a una sola hoja. Los periódicos de Madrid sacaban cuarto planas. Se componía de un cuerpo del 6. Era una época penosísima".
Era un plumilla polifacético: lo mismo redactaba una necrológica que entregaba a la imprenta una crónica de calle, una crítica de cine u otra de libros, información internacional o de región... Y, de inmediato, la gran lección: "Aprendí algo muy importante que me valió mucho después, cuando me puse a ejercitar la literatura: había que decir lo más posible con el menor número de palabras posibles. Por otra parte, el periodismo me empujó a buscar el lado humano de la noticia".
Eran tiempos difíciles, años de censura y de consignas: él mismo lo demostró en un librito que relataba aquellas obligaciones periodístico-políticas dirigidas a ensalzar al Caudillo o defender España de la "perfidia" de las naciones democráticas y enemigas. Aquel sistema censor y represor, establecido con la Ley de 1938, provocaba, en palabras del mismo Delibes, "esta transformación taumatúrgica según la cual al periodista español se le ofrecía la magnánima alternativa de obedecer o ser sancionado"; incluso "nos prohíben dar la noticia de que un vagón de naranjas había descarrilado y volcado en Venta de Baños".
Catedrático de la Escuela de Comercio desde 1945, "cazador que escribe antes que escritor que caza", premio Nadal 1947 por La sombra del ciprés es alargada, novela que cimenta su fama literaria y nos presenta una Ávila invernal repleta de nieve, tristeza y muerte, a Delibes lo engancha el periodismo y, sobre todo, el desafío que suponía recuperar la "línea editorial liberal" del rotativo albista. En 1952, la cruda y comprensible realidad que se cierne sobre el cura Gabriel Herrero, impuesto en su día por la Delegación Nacional de Prensa para desbancar a Cossío, le ayuda a ascender hasta el puesto de subdirector: "Era una buena persona, y no se le ocultaba que cuando la empresa pudiera, prescindiría de sus servicios. De ahí que me diera toda clase de facilidades".
La mayor facilidad que le dio el sacerdote fue, en efecto, desentenderse de sus responsabilidades y transigir en la 'operación Delibes': como el Consejo deseaba que éste dirigiera el rotativo, ideó una artimaña para conseguirlo aun manteniendo al director impuesto: en 1952 dieron a firmar al sacerdote un contrato que le desposeía de sus atribuciones en beneficio del subdirector. Herrero firmó. Seis años más tarde, Delibes ya era director interino, y en 1961, director efectivo.
"Miguel dirigía como los mejores árbitros de fútbol", reconocía en 1992 Manu Leguineche, "no se notaba que dirigía y pintaba poco". Aquel periódico, en efecto, semejaba una escuela solidaria antes que una empresa jerárquicamente organizada: "La escuela existió", recordaba en 1988 el mismo Delibes, "'El Norte' de los años 60 lo fue, pero yo no fui el maestro, sino un beneficiario más de las enseñanzas que todos impartíamos. Fue aquélla una escuela comunal, sin maestros ni discípulos, en la que todos enseñábamos y aprendíamos simultáneamente, es decir, dábamos lo que teníamos y recibíamos lo que tenían los demás. Entiendo que ésta es la escuela perfecta, la escuela solidaria, no uniformadora, sin imposiciones ni protagonismos. En ella no tuve otro papel que el de copartícipe, coordinador y, seguramente, el de inductor".
La 'revolución' del premiado
Ya entonces, los premios literarios se agolpaban a sus pies: el Nacional de Literatura llegó en 1955 con Diario de un cazador, que entrecruza de manera magistral el mundo urbano con el rural a través de su protagonista, y el de la Crítica en 1962 con la famosísima Las ratas. Entre tanto había publicado Aún es de día (1949), que narra la lucha por la vida de un joven contrahecho, pobre y apocado; la alegre El camino (1950), todo un símbolo de su producción, Mi idolatrado hijo Sisí (1953), crítica acerada de la burguesía comercial, los diez relatos que forman La partida (1954); y otras como Un novelista descubre América (1956),el libro de cuentos Siestas con viento sur (1957), Diario de un emigrante (1958), La hoja roja (1959), su novela moral más enternecedora, Por esos mundos: Sudamérica con escala en Canarias (1961), La caza de la perdiz roja (1963), y Europa: parada y fonda (1963).
Literatura y revolución periodística al mismo tiempo: en perfecta sintonía con el gerente de 'El Norte', Fernando Altés Villanueva, enseguida procedió a recuperar las esencias liberales, agrarias y castellanistas del diario albista. La "revolución Delibes" se encaminó entonces en una doble dirección: por un lado, atraer a jóvenes bien preparados intelectualmente para proporcionar calidad al rotativo y afianzar ese nuevo talante liberal; y, por otro, denunciar la penuria y postergación de la vieja Castilla y reivindicar su obligada recuperación.
A lo primero respondió el fichaje de nombres como José Luis Martín Descalzo, el padre Arrizabalaga, Alejandro Díez Blanco, Guillermo Díez, Paco Umbral, Manuel Leguineche, Javier Pérez Pellón, Enrique Gavilán, Manuel Alonso Alcalde, García Chico, José Jiménez Lozano, César Alonso de los Ríos, Carlos Campoy, Fernando Corral Castanedo, Miguel Angel Pastor, Fernando Altés Bustelo o Pedro G. Collado, inquietos e imparables desde la famosa sección "El caballo de Troya", plantada, como su mismo nombre indica, en medio del Ministerio de Información para socavarlo con sus críticas: "Tenía mucho de filosófico y literario pero, sobre todo, era una sección descaradamente política. Sin embargo, nunca tuvimos percances por ello", recordaba hace poco Jiménez Lozano. Para el segundo cometido, Delibes impulsó la tribuna "Ancha es Castilla" y radiografió la miseria del agro castellano.
Demasiada provocación y, sobre todo, demasiado efectiva para aquellos tiempos. ¡Si hasta el parisino La Croix llegó a afirmar que El Norte de Castilla era la publicación más independiente de la España de aquellos años! Ni siquiera la el aura liberalizador de las autoridades vigentes ni, enseguida, la pretendidamente aperturista "Ley Fraga" le dieron un respiro. Miguel Delibes no tardó en sufrir el hostigamiento franquista. El 'toque de atención solía hacerse por teléfono, eso cuando no se presentaba Manuel Jiménez Quílez, director general de Prensa famoso por su severidad censora, con un cartapacio lleno de recortes subrayados con lápiz rojo. Evidentemente, el teléfono del escritor, director efectivo de El Norte desde 1961, no dejó de sonar desde que inició su empeño por destacar la miseria que sufrían el agro y los campesinos castellanos.
"Con la Ley de Prensa como garantía, El Norte se lanzó a una campaña a favor de la agricultura castellana y los medios rurales. Fue una campaña dura y sostenida con un carácter más social y económico", recordaba él mismo. Entonces, Jiménez Quílez comenzó a llamarle a Madrid "un sábado sí y otro no". La primera consigna era clara: no había que decir determinadas palabras, molestaban. Pero como el castellano está lleno de sinónimos, en el periódico las cambiaban por otras para seguir diciendo lo mismo. "Estás j... nuestro experimento de libertad", fue la siguiente advertencia.
No había solución, las "más altas esferas" decidieron yugular los afanes regionalistas de Delibes: "La ofensiva se desencadenó sin demora. Una llamada del Ministerio de Información nos obligó a cambiar de subdirector de la noche a la mañana". Cuando el nuevo cargo [Félix Antonio González] regresó de Madrid de hablar con Jiménez Quílez, estaba completamente desolado: le habían dado derecho de veto sobre lo que el director ordenase, y si éste se empeñaba en seguir como hasta entonces, él sería fulminado: "Si el director se desmanda, usted se va a la calle", le habían anunciado.
"Yo podía jugarme mi cargo. Lo que no podía hacer era dejar en la calle a un gran amigo y, por añadidura, un excelente profesional": Delibes cesó voluntariamente en 1963, aunque seguía figurando como director de El Norte. Algunos meses después, compaginaba ese cargo teórico con el de delegado del Consejo en la Redacción. Cuando en 1966 le ofrecieron firmar un contrato de director en el marco legal de la Ley Fraga, Delibes se opuso a pasar por el aro de una disposición que sancionaba un "régimen de censura real sin censura aparente". Su postura es de sobra conocida: "La prensa sigue en España sin poder cumplir su misión... continúa incapacitada para facilitar el diálogo... Antes de la Ley a los periodistas no nos dejaban preguntar; después de la ley, los periodistas podemos preguntar, es cierto, pero no se nos contesta. En ambos casos el diálogo se va a paseo... Hoy no puedes escribir lo que sientes, mientras en los años 40 estabas obligado a escribir lo que no sentías".
Su repulsa al marco legal imperante le fue alejando de la intensa actividad periodística de años anteriores: cada vez más entregado a la literatura, en el periódico se limitó a ejercer como delegado del Consejo en la Redacción, aunque más de uno le calificaba con sorna como "delegado dela Redacción en el Consejo" por su insistencia en mejorar la situación material y salarial de los periodistas.
La puesta en marcha de una sala de cultura, con cine-club incluido, que no tardó en generar desavenencias con las autoridades (tras una conferencia de Julián Marías, que tuvo gran éxito, en 1965 le prohibieron otra de José María Gironella aduciendo posibles altercados que podrían producirse. Delibes escribió una dura carta a Fraga protestando por este hecho y defendiendo la libertad de expresión), fueron sus últimos cometidos como periodista en activo. Y es que tampoco era cuestión de soportar más tiempo la amenaza de "artículo 2 gravitando sobre tu cabeza como una espada de Damocles". Consejero de El Norte de Castilla desde 1983, siete años antes había rehusado la oferta de dirigir El País.
El 'Cervantes'
Y es que Delibes llevaba ya mucho tiempo al frente de las letras españolas. Había escrito Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), Cinco horas con Mario (1966), para muchos su obra maestra, monólogo magistral en el que coinciden el tiempo de la narración y el de la lectura, La primavera de Praga (1968), Vivir al día (1968), Parábola del náufrago (1969), su novela más vanguardista y amarga, Con la escopeta al hombro (1970), La mortaja (1970), Un año de mi vida (1972), El príncipe destronado (1973), gran éxito en su versión cinematográfica, y Las guerras de nuestros antepasados (1975).
Miembro de la Real Academia de la Lengua Española desde 1975, la muerte, el año anterior, de su mujer, Ángeles de Castro, le dejó sumido en una profunda depresión; era el primer paréntesis serio en su producción literaria. Hasta que en 1978, la experiencia de las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco suscitó El disputado voto del señor Cayo, obra que le devolvió a la literatura; en ella muestra la superioridad de la cultura rural milenaria sobre la seudocivilizada cultura urbana.
Luego vendrían Los santos inocentes (1981), otro éxito cinematográfico, tremendo y magistral retrato de la opresión ejercida en el ámbito rural (en este caso Extremadura) por los "señoritos" sobre sus sirvientes; Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983), El tesoro (1985), 377A, madera de héroe (1987), Pegar la hebra (1990), adaptación de algunos de sus libros al teatro y al cine? Y premios, numerosos y sonados galardones para un escritor consolidado: el Príncipe de Asturias de las Letras (1982), el de las Letras de Castilla y León (1984), cuyo importe dona a los más desheredados de la Comunidad, el Nacional de las Letras (1991), y, sobre todo, el Premio Cervantes (1993).
En los 90 novela la muerte de su esposa en Señora de rojo sobre fondo gris (1991) y publica Diario de un jubilado (1995), El último coto (1996) y El hereje (1998), su primera novela de carácter histórico con la que consiguió el Premio Nacional de Narrativa en 1999. Y desde entonces, el silencio. La enfermedad fue devorando, poco a poco pero sin pausa, su vitalidad.
Desde entonces, el vallisoletano escribe para sí mismo, pasea y disfruta de su familia. En 2002 vio la luz Miguel Delibes y Joseph Vergés, Correspondencia, 1948-1986, y en 2004 su recopilación de artículos España 1939-1950. Muerte y resurrección de la novela española. La Tierra herida, ¿qué mundo heredarán nuestros hijos? (2005), escrita junto a su hijo, Miguel Delibes de Castro, pretendía ser un grito desesperado en pro de la conservación del planeta.
Candidato al Premio Nobel, la antología De Valladolid (2009) incide en la faceta más sentida de nuestro escritor más universal: su acendrado y sentido vallisoletanismo. Descanse en paz.