Dice Maruja Martínez que en la residencia le tratan muy bien, pero añade que ésta no es su vida. "Me aburro mucho", dice esta mujer de 80 años que vive en la Residencia El Villar, en la localidad vallisoletana de Laguna de Duero. No es la única en tener estos lamentos, ya que cuando la movilidad se reduce, muchos ancianos dicen sentirse poco útiles. Las piernas, las manos y la cabeza ya no funcionan como antes. Victoriano de la Torre, que aparenta muchísimas menos de las 99 primaveras que acumula, dice que es "como si hubiera perdido las ganas de vivir". Lo dice entre sonrisas, con cierta resignación.
Pero lo cierto es que para muchos, estos alojamientos se convierten en la mejor opción. O quizás, la única, como es el caso de Carmina Asenjo. Cuando su marido Paulino sufrió un ictus hace 8 años, buscó un alojamiento en el que tuvieran garantizada la atención 24 horas. Reconoce que fue "muy penoso" dejar su casa, pero si estás a gusto, pues "todo bien".
Lo que es imposible de evitar, por más que el trato sea exquisito, son las largas horas de soledad. Aunque siempre se ven compensadas con una charla o una partida de cartas. Este es un espacio ideal para las nuevas amistades, como la que comparten Justa Herrero y Cristino Rosales, dos "chavales" de 92 y 87 años respectivamente. Reconocen que, a pesar de estar solos, están contentos. Entre todos se entienden.
Es algo parecido a lo que pasa en los centros de día. Los mayores viven en sus casas, pero vienen aquí a ejercitar cuerpo y mente. Es el caso de Gerocenter, uno de estos establecimientos en la periferia vallisoletana, donde se ofrece atención y cariño mientras la familia trabaja y se evita el deterioro físico y cognitivo.
Agustín, cacereño de sólo 67 años, se emociona al reconocer cuánto bien le ha hecho acudir al centro. Un infarto de miocardio le originó lesiones que ahora le obligan a compartir mesa y ejercicios con gente de más edad, pero él está contento, ahora que el corazón "ya no está tan vigoroso como antes". Pero fortaleza no le falta, igual que a Lorenza, que a sus 94 años, dice no quejarse de sus achaques: "no me quejo, pero los tengo. Pero, ¿quejarme? Para qué…", dice con una mezcla de ilusión, buen humor y estoicismo. Ella, ahora, es "muy feliz".
En compañía, uno se olvida de enfermedades. Y hasta de la edad.