El 19 de julio de 1936, las tropas del ejército de Franco entraron en Salamanca. Comenzó así a dibujarse una nueva página de la historia, el inicio de una guerra que finalizó el 1 de abril de 1939, hace hoy 70 años. Siete décadas más tarde, muchos salmantinos no han podido olvidar aquel horror.
Es el caso de Luis Calvo quien en aquel momento tenía cinco años. Todavía recuerda como si fuera ayer el sonido de los cascos de los caballos de los militares que entraban en Salamanca, porque nunca había oído nada igual, y cómo su padre, Juan Calvo, les llevó a él y a su hermano de vuelta a casa "corriendo" ante el miedo a que algo pudiera ocurrirles.
Ese día, el retroceder sobre sus pasos quizá les salvó la vida, aunque a su padre sólo por poco más de un año. Con la vieja foto de su mujer y de sus hijos que llevó Juan Calvo en sus manos hasta el último momento y la carta que sirvió para despedirse de los suyos, Luis Calvo explica emocionado cómo aquel 19 de julio de 1936 las tropas del ejército sublevado pasaron junto a él para llegar hasta la Plaza Mayor y declarar el estado de guerra.
Allí comenzó "un tiroteo indiscriminado" que acabó con la muerte de 12 personas, entre ellas, una niña. Según detalla, eran personas que paseaban por la plaza como un domingo más, al igual que iba a hacerlo él con su familia para visitar a sus abuelos.
Pese a ello, denuncia que no haya "ni una sola placa" que recuerde la muerte de estos inocentes y que ni siquiera históricamente se haya recogido como fue. Cuando habla de la Guerra Civil no le resulta difícil rememorar detalles y fechas. Sobre todo, relata los sentimientos que le marcaron como el "terror" que se vivía en su casa cuando comenzaban los tiroteos. Sobre todo aún tiene grabado el día en que les contaron que habían fusilado a su padre.
Mucho antes, explica, el 21 de julio de 1936, pasaron por su casa a buscar al cabeza de familia, para llevarlo después a la cárcel, donde pasó 15 meses detenido hasta que el 4 de octubre de 1937 lo fusilaron en la tapia del cementerio de Salamanca. Este salmantino destaca que durante ese tiempo iba con su madre y su hermano a visitarle y rememora que la sensación que tenía de la cárcel es que era "como una casa de locos".
A través de las rejas todos los familiares de los presos intentaban hablar al mismo tiempo para hacerse oír y en cada celda había al menos doce internos, cuando el espacio era para dos. Estos gritos, añade, no se le olvidarán nunca, al igual que tampoco olvidará cómo los domingos muchos niños como él y otros familiares de presos corrían a la zona industrial de Salamanca, próxima a la prisión, para subirse en unos escombros y piedras donde se veía un trozo de patio para ver si su ser querido se asomaba allí.
Otro momento que asegura también tiene grabado en el corazón, es cuando en las visitas permitidas a la cárcel, llevaban algo de comida a su padre y éste le daba "unos gajos" de naranja a su "niño pequeño", porque "sabía que le gustaba comer lo que a su papá", al que adoraba.
Luis Calvo relata que en su casa nadie hablaba de la muerte de su padre y debido a su corta edad y la falta de explicaciones llegó a preguntarse si habría hecho algo malo, como matar a alguien o incluso "poner una bomba". Sin embargo, cuando tenía diez años comenzó a mirar los papeles que guardaba su madre, y encontró su carta de despedida en la que su padre les pedía que "nunca le olvidaran" y en las que les prometía que les llevaría en el corazón.
Con lágrimas en los ojos, en ese momento decidió ir más allá y comenzó a preguntar e investigar hasta llegar a la conclusión de que con su padre, como con tantos otros, "se cometió una injusticia", porque, afirma, no cometió ningún delito. Era "un santo", al que ni siquiera le gustaban las armas para ir a cazar.
Este salmantino reconoce que ellos tuvieron "la suerte" de poder enterrar a su padre, sin embargo lamenta que miles de personas tengan a sus seres queridos aún "en una cuneta" y no tengan donde llorarles. Por ese motivo, trabaja desde el inicio de la dictadura en la exhumación de los cuerpos de quienes fueron asesinados y cuyos restos yacen en fosas comunes por toda la provincia, con el objetivo de conseguir "restablecer la dignidad que les arrebataron con sus vidas".
Historias que se enlazan
Al historiador Manuel Fernández Álvarez (Madrid, 1921), la Guerra Civil le pilló en plena adolescencia y viviendo en Oviedo junto a su familia. Aún recuerda aquellos días en los que bajaba al parque a jugar con los amigos mientras las balas silbaban de un lado a otro.
Para Fernández Álvarez, el 1 de abril de 1939 fue un día de gran alivio. "Sientes una sensación de paz, de que por fin acababa el tremendo drama de la Guerra Civil", rememora aunque, precisa, "parecía que acababa y luego resultó que al menos para muchos no acabó del todo pero aquel uno de abril del 39 fue como el fin de una pesadilla; una liberación".
Álvarez no se olvida de la parte oficial que dio por concluidas las hostilidades y señala que "las cosas se veían venir porque incluso las tropas republicanas que resistían en Madrid se habían enfrentado entre sí, puesto que unos querían el final de la guerra y los otros mantener la lucha a ultranza". Espera que no vuelvan "aquellas locuras colectivas". Este catedrático de Historia, máxima autoridad nacional en lo relativo al siglo XVI, guarda un especial mal recuerdo de 1936, "un año para recordar con pavor porque los asesinatos, los desórdenes y la violencia eran el pan nuestro de cada día".
Por el contrario, su memoria alberga para siempre sus primeros días de Universidad. Álvarez cumplió 18 años en 1939 y podía asistir a las aulas universitarias tras su reapertura. Recuerda con un cariño especial el discurso en Valladolid del catedrático Emilio Alarcos, el padre del lingüista Emilio Alarcos Llorach, quien les dijo que por fin tenían la paz y que ojalá unos y otros supieran digerirlo bien. "Fue precioso pero creo que sus buenos deseos no se cumplieron tal y como él hubiera querido", apunta.
Inconscientemente, Fernández Álvarez pasa de puntillas por un conflicto que marcó su vida para siempre. No obstante, su madre y su hermano mayor fallecieron como consecuencia de la contienda y con apenas dos años de diferencia. Especialmente emotiva es la historia del primogénito de la familia Fernández, Enrique. Tras exiliarse en Francia debido a sus ideas socialistas, estuvo esperando durante años un pasaporte en regla que le permitiera volver. Manuel recuerda como era él "el que iba a dar la matraca cada día a la Guardia Civil" para ver si había llegado ya el pasaporte de su hermano.
Ese día por fin llegó, pero cuando Manuel regresó a su casa con la alegría de tener en sus manos los papeles en regla, encontró las puestas abiertas de par en par y a todos los vecinos allí llorando porque su hermano Enrique había muerto en Francia. Cuenta que el mayor de sus hermanos no pudo soportar la lejanía de su país y de su familia al quedarse sin trabajo, en el exilio y viviendo de la caridad de una familia francesa.
"Un drama tremendo porque no sabía qué iba a ser de su vida. Durante muchos años soñé con aquello", recuerda con dolor. Muchas de las vivencias de Manuel Fernández quedaron reflejadas en el libro 'Diario de un estudiante en tiempos de la Guerra Civil', publicado en 2007. Reconoce su autor que al llegar al pasaje de su hermano lloró a pesar de que habían pasado tantos años.
Recuerdos que duelen
Era el año 1939, dos antes la guerra española le había dejado huérfano. "Mi madre era una mujer de salud delicada y cuando se produjo el asedio de Oviedo, que fue horroroso, ella tenía que tomar unos medicamentos que empezaron a fallar y su enfermedad terminó derivando en un cáncer de estómago que, al estar tan débil, se la terminó llevando en cuestión de meses". Del dolor, sin embargo, la familia sacó una lectura positiva al considerar que la muerte de su madre fue mejor así, "ya que no hubiera soportado la angustia de ver morir a su hijo en 1939".
Este superviviente del conflicto subraya que la Guerra Civil es tan dura que se desata incluso entre los más cercanos. "En mi misma familia, había un socialista marcadísimo, que era mi hermano mayor, y una hermana ocho años mayor que yo, que era clarísimamente de derechas y no sé si incluso estaba afiliada a Falange o no", asegura buceando en su memoria que también arroja luz sobre cómo la distancia ideológica no tenía nada que ver con los lazos fraternales.
"Cuando mi hermano mayor tuvo que irse a Francia, la primera que trató de salir de España para poder ayudarle fue mi hermana". Sólo la oportuna aparición de otro militar que los amedrentó logró salvarle la vida. "Nunca supe el desenlace porque salí de allí corriendo", revive mientras esboza media sonrisa.
Con la perspectiva de los años, Manuel Fernández Álvarez considera que la gran lección que aprendió España tras la guerra fue el respeto a los resultados de las urnas, auténtico detonante de la contienda, y reconoce que tras pasar un conflicto de esa naturaleza, esta crisis financiera actual se relativiza. "Pero me preocupa mucho más la crisis moral actual porque de la económica se termina saliendo", apunta quien en los años de la posguerra también estuvo en paro.
"Sé perfectamente qué supone quedarse sin trabajo y por eso padezco pensando en lo que están sufriendo algunas familias". Siete décadas después de aquel 1 de abril de 1939, tanto quienes estuvieron en un bando como en el otro coinciden en opinar que lo más importante es "que España no vuelva a dar pasos atrás" como los que en el estertor de los años 30 cambiaron la vida de varias generaciones de compatriotas.