Sentado a la entrada de Santa Catalina de Somoza (León), resguardado bajo la sombra de un gran árbol, Bienvenido Merino talla con manos infatigables varas y cayadas para los peregrinos, utilizando únicamente un viejo cuchillo al que apenas le queda hoja de tanto uso.
Una tarea que sólo interrumpe cuando siente pasar a algún caminante, al que se dirige con un sonoro "Buenos días". "Yo a todos los peregrinos les hablo aunque no quieran, les digo buenos días y si me contestan bajo, les respondo que tienen que hablar fuerte y que por el Camino hay que ir alegre", explica.
Con una vitalidad desbordante pese a tener 75 años, Bienvenido acude cada día en bicicleta a su "lugar de trabajo" sobre las 7 de la mañana y está allí hasta las 19.30 horas, con una única parada para ir a casa a comer con su familia.
Eso sí, en su bolso siempre lleva una cantimplora con agua y el almuerzo. "No paro en todo el día y me voy contento a casa", asegura.
Este veterano artesano es una de las pocas personas que sigue tallando varas en el Camino de Santiago en Castilla y León.
Nacido en la cercana localidad de Veldedo, pero residente hace "muchos años" en Santa Catalina de Somoza, de donde es natural su mujer, en su juventud emigró a Suiza en busca de un futuro mejor y, a su regreso a España, trabajó en la construcción hasta que en 1988 encontró su vocación definitiva.
Bienvenido explica que ese año empezó a vender "palos y varas de todas las clases" para atender a los escasos peregrinos que pasaban entonces por la localidad maragata porque "antes venían sin palo ninguno donde apoyarse". Poco a poco, comenzó a tallarlas para "distraerse".
"Entonces tenía un puesto en el mismo Camino, donde también vendía conchas, cruces de madera, que le gustaban mucho a los extranjeros, sombreros, gorras, calabazas, etc.", recuerda el artesano, quien apostilla que en esa época "no había ni bares en el pueblo" y que muchos peregrinos paraban en su casa "a beber agua y hasta a desayunar o comer", entre ellos el escritor brasileño Paulo Coelho.
Bienvenido explica que a partir de 1990 se empezó a notar el incremento del número de caminantes hasta llegar al "boom" que supuso la celebración del Año Santo Jacobeo de 1993. "Desde entonces no ha parado de venir gente, aunque este año está muy flojo, no sé si por la crisis o por el miedo de que estén todos los albergues llenos", apunta.
De esos primeros años, comenta que conserva en su casa muchos bastones de aluminio porque muchas personas se los cambiaban por una vara de madera.
Además, incide en que vendía todo a precios "baratos" porque para él era suficiente porque ganaba "algo" y además estaba "entretenido".
A este respecto, se muestra muy crítico con las personas que tratan de hacer negocio a costa de los peregrinos. "No se debe abusar en cosa ninguna, yo he regalado muchos palos a gente que no tenía dinero, les decía que si tenían para otra vez ya me pagarían", añade.
El artesano destaca que nadie le enseñó cómo tallar la madera. "A esto se aprende solo, yo vi hacerlo y pensé que yo también podía. Así empecé y cada vez me salen mejor", señala, aunque reconoce que es una tarea "difícil", sobre todo porque no tiene instrumentos adecuados. "Yo sólo trabajo con un cuchillo y esto se debería hacer con una gubia", apostilla. Además, reconoce que lo que peor se le da es hacer los dibujos, por lo que a veces le ayuda uno de sus hijos.
Durante los meses de verano, tras instalarse en su lugar habitual junto al Camino a la entrada del pueblo, dedica todo el día a realizar una vara, normalmente tallada ("depende de las ganas", aclara).
De madera de chopo, negrillo o salguera que recoge cuando podan los árboles o del campo, en todas pone sus iniciales (BMR) y las decora con diferentes dibujos, entre los que nunca faltan una concha en la parte de arriba, que siempre es lo primero que talla, y "una calabaza donde cuadra".
"Hago los palos según me vienen los dibujos a la cabeza, a veces les pongo corazones o serpientes y lo que se me va ocurriendo", explica Bienvenido, quien comenta con orgullo que guarda en su casa entre 50 y 60 varas talladas con los más diversos motivos. "Las tengo hasta con cabezas de cerdo, con los dedos de los pies y con pájaros", señala el veterano artesano, quien se muestra especialmente orgulloso de una con la torre de la iglesia de Santa Catalina, que le dibujó otro vecino del pueblo. "Me quedó muy bien y no se la ha vendido a nadie", indica.
Desde de que el Ayuntamiento prohibió la venta ambulante, la mujer de Bienvenido, Alicia Cabello, se encarga de vender las varas y palos que hace su marido, junto a otros recuerdos de la ruta jacobea, en la última casa del pueblo.
Su bonita puerta azul, con conchas colgadas, llama la atención de todo el que pasa y se ha convertido en una estampa muy conocida de la ruta jacobea, ya que puede verse en postales, guías y libros del itinerario, incluido el primero que escribió Paulo Coelho.
Mientras, el veterano artesano tiene la intención de seguir incrementando la colección desde su puesto a la vera del Camino. "No me canso, entre más palos hago más quiero", concluye.