"Habrá que recortar pero la sanidad y la educación tienen que ser gratuitas". En uno de los debates del momento el presidente de Cantabria Miguel Ángel Revilla es tajante, de pabellones y otras cosas se podrá prescindir. Meridiana claridad también al posicionarse del lado del estado autonómico, que defiende a capa y espada porque nadie presta mejor los servicios, asegura, que quién está más cerca. Revilla recuerda tiempos de los gobernadores civiles y dice "qué va a saber de las localidades un tío que viene de Madrid un día".
De director de la oficina de un banco y de una vida acomodada a la política, donde lleva 35 años. Sentencia que el problema de la política es que hay muchos que se dedican a ello porque no hay otra cosa.
Se presenta a la reelección con la intuición de que obtendrá más votos y no le preocupa que sus relaciones con el PP no pasen por el mejor momento. Dice que una cosa es ganar las elecciones y otra sacar mayoría. No dejará Cantabria aunque sí que aspira a que su partido esté en el Congreso. Crítica en este punto el papel que juegan los partidos nacionalistas en la cámara alta que, dice textualmente, "se limitan a pasar la gorra".
A los que le acusan de ser embajador del presidente del Gobierno les dice que malo sería que un gestor que tiene que pensar en su tierra fuera a ver al presidente y le insultara. "Qué le voy a llevar veneno, si le voy a pedir dinero le tendré que llevar algo que le guste", bromea.
Asegura que el presidente del Gobierno está haciendo lo que haría cualquiera que fuese presidente ahora pero que las urnas le pasarán factura porque es lo contrario de lo que dijo hace tres años. En todo no está de acuerdo. Revilla no cerraría la central de Santa María de Garoña. Defiende la apuesta que se había retomado de las nucleares, aunque reconoce que el accidente de Fukushima lo parará todo.
Hombre de costumbres, disfruta con un buen chuletón, un ribera de Duero o un partido de fútbol. Aficionado a la pesca, un trozo de pan con anchoas es su mayor manjar. Eso, y fumar algún puro. Dice que es un tío normal hasta extremos exagerados y no entiende que a otros les sorprendan ciertas cosas. Ni tiene guardaespaldas, ni coche oficial, ni lo tendrá. 200.000 kilómetros suma su coche particular y en su maletero no hay ni un espacio libre porque guarda pan para los pájaros, a los que alimenta religiosamente desde hace 25 años, y croquetas para los gatos.